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PROYECT0 III
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RELATOS
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El Mercado de Las Pulgas
Tomaba el tren de las 16.30. Esa mañana se vistió con parsimonia, sin reloj. La falda de cuero negro, las medias también negras y el suéter encima de la piel y debajo de la cazadora que aquel día, dos años atrás, había comprado a una inmigrante paquistaní en el Mercado de Las Pulgas. Cuando conoció a Nadina.
Ya en el taxi, que encontró con dificultad, se encontraba angustiada. Sabía de vacíos, de días extremos, horas de cien minutos y segundos eternos. Y sabía las razones. Llegó a la estación con tiempo suficiente para buscar el andén, despacio, sin hacer ruido. En París, pensó, todo es demasiado grande. Las ausencias también.
En el mostrador de información de la estación le dijeron el número del andén. Estaba lejos y andaría. Lo hizo sin esquivar a todos esos cuerpos sin rostro, era esquivada. Pasaba todo lento, las voces, los colores. Cuando entregó el billete a quien se lo reclamó lo hizo sin dejar de mirar por la ventana del tren como si aún perteneciera al mundo del otro lado del cristal. Después llegaría el traqueteo del tren en marcha que se confundía con el latido de su corazón, pausado, regular, sin alteración, sin vida. No pensó durante el viaje. Se dejaba acompañar por las imágenes confusas de dentro y de afuera. Sin ver, sin mirar, respirando despacio con esa sensación en los parpados que anuncia inundación y naufragio.
Pronto comprendió que no debería haber tomado ese tren esa tarde. No llegaría a ninguna parte. Jamás. Las ausencias no desaparecen: lo son. Se perpetúan en la piel como los tatuajes de siempre, imborrables.
Lamentó haberse puesto la falda de cuero negro, las medias también negras y el suéter encima de la piel y debajo de la cazadora. No de haber ido alguna vez al Mercado de Las Pulgas.
Boxeo
Los reflejos del agua caída y la única farola de la esquina dejaban ver un poco la calle. Vivo aquí desde que nací y nunca me acostumbré a tanta miseria. Siempre vuelvo al mismo lugar. A este barrio de negros que es solo para negros. Para negros pobres, que los negros ricos están en la NBA. Negros de hambre y de gospel que alimenta su espíritu. Aguanta, hermano, nos dicen, pero el pescado rara vez no está podrido. Y cuando no te pegan un tiro eres viejo a los treinta años, desnutrido y sin dientes para masticar la poca comida que encuentras en la basura. Y encima sonado para el resto de tus días de negro.
Los blancos pagaban por vernos las cejas y las narices rotas y sangrantes. Los tiburones de las apuestas, también blancos, nos vendían los brillos del dinero y de los coños blancos que solo se abren para introducirse nuestros billetes de a cien cuando los tienes. Luego se cierran y se van. Vuelve a ganar y llámame otra vez. Sangra de nuevo y tráeme tu dinero de negro.
Así empezó todo cuando aquel blanco me vio pegándome en el callejón a puñetazos con otro negro menos fuerte que yo. Tú vales para boxear, me dijo, y ya estaba en aquel sucio gimnasio. El tipo no me enseñó a mover los pies como había visto a Clay o a Foreman. Me enseñó a romper la cara hasta dejar salir la sangre a borbotones de quién me ponían delante. A machacarle los riñones y el alma, si podía, a cualquier infeliz como yo.
Gané algo de dinero que enseguida gasté en putas caras o baratas. En Velmas con el pelo teñido de oro. En alcohol y cocaína y en algún hostal pestilente de la 47 con la 118. Y aquel 12 de Junio, en Las Vegas, acabé sonado. Vi la lona en el tercero y mi cerebro ya no fue cerebro. Noté como se encogía cuando me golpeó, y cómo ya no recuperó el mismo sitio. Aquel tipo, también negro, era una mula pegando. Me metió la izquierda varias veces al hígado mientras alguna derecha me trabajaba la ceja opuesta. El último me lo dio en la boca y me tumbó. Ya no fui el mismo. Perdí el conocimiento y en la lejanía oí como contaban hasta diez.
No volví a mover la parte derecha de la cara y me quedé con lo que veía por este otro ojo que aún se mantiene abierto con la esperanza, algún día, de ver más allá de este callejón lleno de muertos que no saben que lo están.
Todo en el boxeo está al revés, me dijeron. Tarde lo comprendí. Sangra, puto negro, pagamos por tu sangre. Por toda.
La cueva
En el fondo de aquel oscuro valle está la cueva. Tengo que seguir. El cansancio se apodera de mí y los pies empiezan a doler. Desciendo durante algunas horas entre riscos, jaras pegajosas y arbustos que no me dejan avanzar y dificultan mi descenso. Me caigo y levanto varias veces y al cabo de cuatro horas me encuentro en la boca de la cueva. La bruja me había dicho que los murciélagos gigantes estarían esperándome ávidos de sangre, así que cuando me dispongo a entrar mis piernas no están muy firmes y mis pupilas notan el paso de la luz blanquecina a la oscuridad más negra. Enciendo la antorcha y los ojos comienzan poco a poco a ver el interior. Hace frío, la humedad es pegajosa y el suelo es una mezcla de barro y pequeñas piedras. Abro la bolsa de cuero y saco el dibujo que Eric hizo para mí. Camino hacia la boca de la derecha dónde está ese agujero espantoso que cae hacia un pequeño abismo por una pendiente llena de barro gris. El primer murciélago me ataca nada más comienzo a descender. Su terrible cara, como la de un ratón gigante, me roza, y con un movimiento rápido de la antorcha consigo ahuyentarlo. Durante algunos minutos el miedo paraliza mi columna y pienso que nunca alcanzaré la bóveda que estoy buscando. La saliva desaparece de mi boca y el temblor aparece en mis piernas de nuevo. Desciendo algunos metros más y después de volver a mirar el dibujo de la cueva giro hacia la izquierda. El silencio es ya silencio y el aire espeso. Encuentro algunos huesos humanos esparcidos por el suelo y esta visión impide que la saliva vuelva a mi boca. Como si estuvieran vivos evito pisarlos y tengo unas ganas terribles de salir en busca de la luz y del aire fresco del exterior. Pero no puedo hacerlo. Si no llego a la bóveda, la maldición que aniquila a mi familia desde hace dos siglos, acabará con los que aún vivimos. El segundo ataque se produjo enseguida y esta vez eran dos. A uno lo corté la cabeza con la espada y al otro lo asusté con la antorcha. Las fieras y el fuego, mal asunto. Continúo, pues según el dibujo de Eric, me encuentro muy cerca, a unos veinte o treinta metros de donde estoy. Cuando la antorcha pierde llama me caigo entre dos piedras y noto un gran dolor en mi pierna derecha. El hueso se astilla por debajo de la rodilla y el grito que sale de mi garganta recorre el silencio de la cueva. La llama de la antorcha se extingue poco a poco y los recuerdos pasan deprisa por mi cabeza. Trato de levantarme y el dolor me deja al borde del desmayo. Me incorporo apoyándome en la pared y levanto lo que queda de antorcha viendo venir de nuevo a los murciélagos. Palpo el suelo pero no consigo recuperar la espada. Ahora son seis o más y el olor de mi sangre parece que los tiene muy excitados. Sujeto la antorcha mientras saco el puñal del correaje donde lo tengo sujeto y al primero en llegar lo ensarto como puedo y el segundo consigue llegar a mi cuello. Mientras, los chillidos de los otros… Suena el despertador. Bajo los pies de la cama y los meto dentro de mis viejas zapatillas rojas. Me levanto y abro la ventana de la habitación donde duermo. La ventana de los sueños. Otra vez y otro día.
La mar
Decidí embarcarme cuando mi padre perdió la pierna en su última marea allá en el Gran Sol. Había pasado desde los doce años pescando y cuando tuvo el accidente y volvió a casa pasó bastante tiempo extrañando el lugar, deprimido y con un humor de perro. A los pocos días me llamó para decirme que por dinero y tradición familiar, pues mi abuelo también fue pescador, tenía que tomar su relevo en la mar. Así que decidí casi obligado embarcarme. El barco y el patrón eran los mismos con los que mi padre pasó casi toda su vida. Habló con el capitán y con el consentimiento del patrón y pese a mi edad, dieciséis años, me enrolaron.
De pequeño había subido a ese barco cuando estaba amarrado en el puerto durante los días de desembarco de pescado y descanso. Me parecía grande y ancho, las velas enormes, la bodega como el interior de una casa de madera y el timón como la rueda de un carro. Ahora lo veía diferente. La próxima salida era en tres o cuatro días y estos los pasé fregando la cubierta con un cepillo enorme y un no más pequeño cubo en cuyo alrededor tenía aros metálicos.
Mientras frotaba la cubierta del barco hasta dejarla como el espejo que estaba en la habitación de mis abuelos, soportaba las chanzas de aquellos arrugados y rudos marineros que con el tiempo serían mis compañeros de trabajo, viaje y vida.
Sus modos y vocabulario me extrañaban y aquellas risotadas que parecían venir de algún fondo marino hueco por dentro me retumbaban en la cabeza. No dejaban de meterme miedo mientras me decían que lo duro de verdad empezaría cuando el barco, con nosotros dentro como si fuéramos canicas, navegara. Me hablaban de montañas de agua que de repente pasaban por encima del barco dejándonos como si atravesáramos un túnel negro y redondo, de peces monstruosos que intentarían tragarme entero en cualquier momento, de noches bellas, violetas y oscuras, y de tormentas perfectas que se cerrarían sobre el barco como una ostra cuando defiende su perla. Muerto de miedo estaba.
Pasados los meses ya respiraba por mi mismo. No estaba en la barriga de ningún pez monstruoso y las heridas que me hacían las maromas del velamen en las manos, estaban cicatrizadas. Hablaba, bebía y me asustaba como ellos, y como algunas veces oí, llegué a ver a mi padre en el barco. Tenía incipientes pelos en la cara y una vez mis compañeros me llevaron a una vieja puta en un puerto escocés para que me hiciera hombre.
Durante los días que pasaba en tierra me dedicaba a descansar y a contarle a mi padre historias que el ya vivió y oyó. Me escuchaba con su pipa de brezo en su boca, su única pierna encima de un taburete de madera y asintiendo con la cabeza sin mencionar palabra alguna. Y lloraba en silencio. Como la mar en calma.
Espiral
A las 5 de la mañana se tiró de la cama y las 6.30 ya estaba delante de la taquilla de la fábrica. Diez minutos más tarde tenía que estar dentro de su mono de trabajo y frente a su máquina fresadora. A las 7 la máquina estaba caliente y engrasada para hacer las mismas piezas de ayer. Traca, traca, traca…
Sentado en su taburete alto y con los cascos para evitar el ruido puestos sobre sus orejas contó los nuevos moldes metálicos para las piezas del día. Tres minutos más tarde introdujo la primera pieza. La máquina era perfecta, fría, regular, reluciente. Cada movimiento, exacto. Cada ruido, sordo e idéntico al anterior. Cada segundo de su vida el mismo. Traca, traca, traca…
El no era tan perfecto. Mientras su fría compañera daba forma a las piezas metálicas hacía recuento de sus achaques. El estomago le molestaba desde hacía tiempo. Su corazón convalecía de dos puñaladas, un infarto que casi lo mata y la muerte de su compañero tres años atrás que casi lo remató.
A las 10,30 paró para desayunar. Bocadillo. Alguna vez quiso hacer recuento de los que llevaba comidos a lo largo de su vida. Desistió pensando que quizás acentuaría su malestar de estomago. 10.45 y en el taburete de nuevo. Colocaba las piezas vírgenes a la derecha y las fresadas a la izquierda. Cada treinta y dos piezas terminadas venía Julián a recogerlas. Su compañero de trabajo llevaba tantos años como él en la fábrica, 21. Eran vecinos de portal y taquilla. De noches confusas, de alegrías que duran segundos y de algún chapero común de vez en cuando. A las 13 la comida. Sabía que tenía su sitio en la misma mesa larga de siempre. La cara sentada enfrente solo había cambiado una vez en los últimos diez años. 14 horas. La máquina ya lo reclamaba de nuevo, traca, traca, traca… treinta y tres piezas a la derecha que a las 17 tienen que estar a la izquierda. Si la máquina, perfecta, no fallaba, él tampoco lo haría.
17,30 horas. Se encuentra con Julián en las taquillas. Pocas palabras, pocas miradas. Salen y andan juntos hasta el bar de siempre donde Alfredo, el viejo camarero, antes de entrar ya les estaba poniendo sus dos antiguas jarras de cerveza.
De vuelta a casa. En la tele siempre salen los mismos, pensó. El cansancio. El abandono. El sueño. El despertador. Traca, traca, traca…